Entre la peste y el remedio, insectos y ecología urbana

MAYA VIESCA LOBATÓN
Académica del Centro de Promoción Cultural y coordinadora del Café Scientifique del ITESO

En 1816 los reconocidos hermanos Grimm publicaron “El cazador de ratas de Hamelín”, traducido al español como “El flautista de Hamelín”. La historia, conocida por todos, se inspira en un antiguo mito y sucede en el contexto de la pandemia causada por la peste, que en el siglo XIV mató a casi la mitad de la población euroasiática y cuyo vector de contagio ya para el siglo XIX estaba claro: habían sido las ratas, entre otros roedores, y sus pulgas.

Cuando pensamos en la ecología urbana como la disciplina que estudia las interrelaciones entre las ciudades y el ambiente con seguridad serán varios los temas que surjan: áreas verdes, manejo de residuos, calidad del aire y del agua, pero ¿acaso pensaremos en los insectos, en roedores o arañas (que no son insectos sino artrópodos)?

La separación entre ciudad y naturaleza es una idea asentada en la cultura de las sociedades occidentalizadas; la naturaleza, lo natural es aquello que está más allá de las manchas urbanas, es lo otro, lo opuesto, lo que no es humano. Se dice que fue un concepto vislumbrado por Humboldt con la intención de quitarle a los entornos no urbanos el estigma de salvajes, de amenaza. Si bien la dominancia de la actividad humana en las ciudades hace que a la mayor parte de las especies les resulten inhóspitas, la división sigue teniendo un innegable grado de artificialidad.

Lo cierto es que en las ciudades habitan muchas otras especies más allá de las domésticas, y no solo eso, los ecosistemas urbanos requieren ser biodiversos para conservarse sanos. El problema es que esta distancia psicológica que se vive en la naturaleza lleva de la mano su desconocimiento, y así no distinguimos un árbol de otro, una flor de otra, una enredadera de un muérdago y mucho menos una araña venenosa entre las 99 que no lo son, para hablar en términos porcentuales.

Las enfermedades de transmisión vectorial, esto es, causadas por organismos vivos que pueden transmitir patógenos infecciosos entre personas, como la peste, el paludismo, el dengue o el zika, representan, según información de la Organización Mundial de la Salud, alrededor de 17% de las enfermedades de este tipo, y según esta fuente cada año causan más de 700 mil muertes.[1] Los esfuerzos de los gobiernos para controlarlas implican enormes recursos —Jalisco cuenta con un organismo llamado Unidad Transectorial para la prevención y control de las enfermedades transmitidas por vector en el estado de Jalisco, dedicado a fumigar contra el mosco que transmite el dengue. En muchos hogares fumigar es un acto rutinario que busca no solo controlar sino erradicar plagas, que en muchas ocasiones son la simple presencia de insectos.

Los ecosistemas urbanos son complejos, como los no urbanos, y cuentan también con estrategias de autorregulación que pueden ser alteradas. Desde el punto de vista de la sociedad una plaga es algo que interfiere con la actividad humana, pero en realidad se trata del resultado de la alteración del equilibrio de un determinado ecosistema. Volviendo al caso del dengue, causado por el mosquito aedes, habría que decir que se trata de una especie africana invasora, que usa el agua estancada para poner sus larvas y que ha encontrado un ambiente ideal en ciudades de clima cálido como Guadalajara, donde las cuencas y arroyos de la ciudad han sido alterados, hay encharcamientos, están llenos de basura y han sido contaminados, aunado a la baja calidad de algunos servicios públicos. Además, o por lo mismo, sus predadores, como los peces, los murciélagos, las aves y aún más los arácnidos, con frecuencia se ven amenazados por la falta de áreas verdes, la contaminación lumínica y auditiva, la caza a manos de especies domésticas como los gatos y el uso indiscriminado de insecticidas.

Tal vez habría que tener más biólogos en las oficinas de planeación urbana y de salud pública, en las secretarías de Educación, trazadores de rutas que conecten la polinización, la protección biológica integrada y la conexión de los ciudadanos con lo que el paisajista francés Gilles Clément llama el jardín planetario.[2]

Es probable que, como en una de las posibles historias detrás del mito que inspiró a los Grimm —les animo a indagar al respecto—, lo que hay detrás del dengue, como de otras plagas, es un gran desconocimiento y por ende una enorme intolerancia y un miedo infundado.

 

[1] Véase https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/ detail/vector-borne-diseases, consultado el 20 de enero de 2022.

[2] Véase https://www.entrejardines.uy/wp-content/ uploads/2017/07/Gilles-Clement.pdf, consultado el 20 de enero de 2022.