El empleo es el problema, ¿cuál es la solución?

La globalización nos ha heredado Estados nacionales debilitados, empobrecimiento, salarios reales deteriorados, empleo insuficiente y un futuro amenazador.

Ahora la preocupación de las elites mundiales es doble. De un lado observan una insurgencia política que se generaliza en los países industriales y cuestiona el libre comercio. Por otra parte, la debilidad de la demanda, emanada del rezago salarial con respecto a la productividad, se traduce en sobreproducción, lento crecimiento y apunta hacia guerras comerciales.

Sorpresivamente Estados Unidos encabeza la expresión política del malestar social. Ahí triunfó el rechazo a una globalización empobrecedora pero que se desfoga culpabilizando al exterior y a los inmigrantes.

Las exigencias estadounidenses de eliminar su déficit comercial, de incremento salarial y de mayores importaciones agropecuarias en México, son torpedos bajo la línea de flotación de la estrategia económica imperante.

Las condiciones externas e internas exigen trasformarnos rápidamente en los siguientes cuatro planos.

Uno. Se nos impone reducir el superávit con Estados Unidos. El gobierno de Trump nos acusa de venderles mucho y comprarles poco y, con lo que les vendemos obtenemos los dólares para importar de otros lados, especialmente de China. Proponen corregirlo por las malas, imponiendo sanciones comerciales para que nos compren menos, o por las buenas, si nosotros les compramos más. De uno u otro modo se pierden las divisas para importar del sureste asiático. Tendremos que instrumentar medidas que equilibren nuestro comercio no sólo con Estados Unidos, sino a escala global.

Dos. Reorientarnos hacia la integración del mercado interno; comprar lo que el país procese reactivará capacidades subutilizadas y elevará el empleo. Podemos aprovechar las exigencias estadounidenses y su abandono de la ideología globalizadora para reducir importaciones asiáticas y elevar el contenido nacional de las exportaciones, lo que permitiría incrementar salarios.

Tres. Contamos con muchas tecnologías inutilizadas por no ser competitivas en el mercado internacional. No obstante, con esas mismas tecnologías podríamos favorecer el autoabasto comunitario, regional y nacional. Para ello se requiere redefinir al sector social de la economía como un espacio de intercambio entre productores excluidos. Un mercado social sustentado en una extensa red de distribución, en buena medida ya existente.

Los subsidios públicos a población vulnerable deben hacerse con instrumentos de pago (vales, cupones) para el consumo de la producción social y nacional, no en grandes cadenas trasnacionales, sino impulsando a las micro y pequeñas empresas, lo que duplicaría su impacto social y productivo.

Cuarto. Fortalecer el papel redistributivo del Estado elevando la captación fiscal al nivel medio de los países de la OCDE y fortaleciendo los programas sociales. Debemos transitar hacia el ingreso básico ciudadano universal. Siempre enlazado a la producción social y nacional.

Éstas son las cuatro claves de una política de producción, empleo, ingreso y bienestar incluyentes.

 

Jorge Franco / Economista, editorialista y ex enlace del Banco Mundial en México con las organizaciones de la sociedad civil