Triana Zepeda Saldaña / Colectivo Transeúntas
Hacia una seguridad vial con perspectiva de género
Durante mucho tiempo la seguridad vial se concentró en prevenir lesiones ocasionadas por vehículos motorizados. Sin embargo, muchas decisiones de movilidad también están condicionadas por factores como el miedo, la percepción de inseguridad, las responsabilidades de cuidado o la posibilidad de acceder a un transporte seguro: elegir una ruta más larga pero iluminada, pagar un transporte más caro para evitar una caminata nocturna, modificar el horario de salida, evitar una parada aislada, pedir acompañamiento, caminar rápido, mirar hacia atrás, compartir ubicación. Todas estas decisiones modifican la manera en que las personas se desplazan por la ciudad. Aunque rara vez aparecen en las estadísticas tradicionales de movilidad o seguridad vial, forman parte de la experiencia cotidiana de muchas personas, especialmente de las mujeres.
Hablar de género no significa reducir el análisis a las mujeres. Significa reconocer que las ciudades no se experimentan de la misma manera y que las desigualdades sociales producen formas distintas de habitar, recorrer y sentir el espacio urbano. La edad, la discapacidad, la identidad de género, la condición socioeconómica o el origen étnico modifican profundamente la experiencia de movilidad.
La perspectiva de género también permite comprender por qué los riesgos no afectan de igual manera a todas las personas. Mientras las mujeres suelen enfrentar mayores barreras relacionadas con el cuidado y la percepción de inseguridad, los hombres aparecen sobrerrepresentados entre las personas fallecidas en siniestros viales, particularmente como motociclistas y en determinados grupos de edad. Lejos de contradecir el enfoque de género, esta diferencia confirma su importancia: comprender cómo las normas sociales influyen en distintas formas de movilidad permite diseñar políticas públicas más eficaces para proteger la vida.
Por eso, una perspectiva de género no consiste en crear soluciones “para mujeres” como un añadido. Consiste en preguntarse quién puede moverse con autonomía, quién tiene que planear más cada trayecto, quién enfrenta mayores costos, quién queda más expuesto y quiénes han sido históricamente ignorados por el diseño urbano. Cuando una persona debe invertir más tiempo, dinero y energía para cuidar, evitar determinadas rutas o realizar múltiples transbordos, la ciudad está trasladando a ella el costo de una organización desigual del cuidado.
En el Área Metropolitana de Guadalajara, según el Reporte de Siniestralidad Vial de la Secretaría de Transporte de 2025, la violencia vial no afecta de la misma manera a toda la población. Los hombres concentran la mayoría de las muertes en motocicleta; las mujeres enfrentan riesgos asociados a sus formas de desplazamiento intermodal, sorteando horarios o responsabilidades cotidianas. Más que ofrecer respuestas definitivas, estos datos permiten comenzar a identificar patrones que antes permanecían ocultos.
La perspectiva de género no busca demostrar que las mujeres mueren más o menos que los hombresen los siniestros viales. Su aporte consiste en formular preguntas diferentes: ¿Quién realiza determinados trayectos? ¿Quién asume mayores tiempos de traslado? ¿Quién depende más del transporte público? ¿Quién modifica su recorrido por miedo? ¿Quién paga un costo adicional para sentirse segura? Estas preguntas permiten comprender que la seguridad vial no depende únicamente del momento del impacto, sino también de las condiciones que organizan la movilidad cotidiana antes de que el siniestro ocurra.
Foto: Luis Ponciano
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