José Martín del Campo, s.j. / Coordinador de pastoral del Centro Universitario Ignaciano del iteso

El lago de Chapala y la espiritualidad ignaciana

Escribir sobre el lago de Chapala y su ribera desde la visión de la espiritualidad ignaciana y la revelación del Dios creador constituye un reto muy grande, pues implica dos ámbitos fundamentales. Por un lado, exige comprender y aplicar los aportes de la ciencia para afrontar los desafíos que implica habitar y cuidar el entorno natural. Por otro, la experiencia de la fe y de la espiritualidad ignaciana ilumina la realidad desde un horizonte profundamente humanista, en el que todos somos hijos de un Dios que desea que vivamos plenamente, en convivencia y armonía con el entorno natural. Desde esta perspectiva, es importante tener una visión general del lago de Chapala y su ribera, así como de su conexión con la ciudad de Guadalajara desde una dimensión histórica, funcional, turística y de segunda vivienda.

El lago de Chapala es el más grande de México y posee el cuerpo de agua dulce más extenso del país, con una capacidad de almacenamiento aproximada de 7,879 millones de metros cúbicos. Sin embargo, no siempre alcanza su máxima capacidad, ya que depende en gran medida de las lluvias, del caudal del río Lerma y de los pequeños afluentes que lo alimentan. Actualmente, el lago abastece aproximadamente el 60% del agua que consume la zona metropolitana de Guadalajara. Cabe preguntarse si ese porcentaje corresponde directamente a agua potable o si requiere procesos de tratamiento para su aprovechamiento. La necesidad de agua tanto para la ciudad de Guadalajara como para los habitantes de la ribera continúa en aumento, y una mayor extracción podría traer consecuencias muy serias para el lago. De hecho, el lago ha disminuido considerablemente la extensión de su superficie acuática respecto a la que tenía en épocas anteriores.

La historia nos ha mostrado que la presencia de agua ha sido uno de los principales factores para el surgimiento y crecimiento de los asentamientos humanos. Así sucedió en Chapala y en sus extensos kilómetros de ribera. Desde tiempos antiguos, este territorio fue lugar de asentamientos indígenas, particularmente del pueblo coca, perteneciente a la rama de los caxcanes, quienes se establecieron en sus orillas. Con el paso de los años, los indígenas de la sierra de Nayarit, pertenecientes al grupo wixárika, también reconocieron este sitio como un lugar sagrado y establecieron un centro ceremonial en la pequeña Isla de los Alacranes, a la que llaman Xapawiyemeta, considerada dentro de su cosmovisión como el lugar donde nació la lluvia y la humanidad.

El crecimiento urbano de la ribera de Chapala se inicia a finales del siglo xix y, durante el siglo xx, la región comienza a consolidarse como un importante destino vacacional y turístico y como segunda residencia. La cercanía con Guadalajara, el clima templado, la belleza del paisaje y las aguas termales favorecen el desarrollo de hoteles, casas de descanso y nuevas infraestructuras de comunicación. Inclusive lugar poético, como dice su canción: “Chapala, rinconcito de amor donde las almas pueden hablar de tú con Dios”. La inauguración del ferrocarril entre Guadalajara y Chapala, en 1920, fortalece aún más esta relación territorial.

Con el paso de los años, el crecimiento urbano y demográfico está tranformando el entorno del lago y su ecosistema. La expansión inmobiliaria, la construcción de fraccionamientos y la creciente demanda de agua tanto para los habitantes de la ribera como para la metrópoli tapatía modifican las dinámicas ambientales de la región. El lago abastece una parte significativa del agua consumida por Guadalajara, situación que incrementa la presión sobre sus recursos hídricos y sobre el equilibrio ecológico de la ribera.

A ello se suman problemas relacionados con la contaminación, la reducción de áreas naturales y la ocupación intensiva del territorio. La urbanización progresiva de las laderas y de las franjas cercanas al lago altera no solo el paisaje, sino también las formas tradicionales de relación entre las comunidades y el entorno natural. Chapala se convierte así en un ejemplo visible de las tensiones entre desarrollo urbano, explotación de recursos y conservación ambiental.

Ante esta realidad, la fe nos ofrece una experiencia que ilumina y nos impulsa a trabajar por el bien común. La energía que comunica la experiencia de Dios y la espiritualidad ignaciana nos lleva a trabajar y a estar atentos para buscar soluciones a los problemas que afectan el ámbito ecológico. La fe en la experiencia del Dios creador, que coloca a Cristo como centro de la creación, otorga un horizonte y una fuerza extraordinaria a los cristianos para vivir descubriendo a Dios en los demás y en la creación. San Pablo lo expresa claramente en su carta a los Colosenses (1,15–18): “Cristo es imagen del Dios invisible, primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles; todo fue creado por él y para él. Él existe con anterioridad a todo y todo tiene su consistencia en él”.

Vivir nuestra experiencia del Dios creador y de su hijo Jesucristo implica la tarea de ser testigos y defensores de los bienes de la creación para todos. El papa Francisco, en su encíclica Laudato Si’, nos exhorta a vivir nuestra fe en el cuidado de todos y de todo. En específico, sobre el agua nos dice: “El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia porque es indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos” (No. 28).

En el No. 29 señala: “Un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los pobres, que provoca muchas muertes todos los días”. Más adelante, en el No. 30, advierte “que mientras se deteriora la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que regula el mercado”. Finalmente, en el No. 31 nos habla del peligro y las consecuencias de “que una mayor escasez de agua provocará el aumento del costo de los alimentos”. Tener en cuenta estos imperativos implica generar un impacto en las políticas públicas relacionadas con el uso y cuidado del agua.

San Ignacio, en los Ejercicios espirituales, particularmente en la última meditación llamada Contemplación para alcanzar amor, nos invita a contemplar los dones de la creación y de la redención. En el número 237 del libro de los Ejercicios señala cómo todos los bienes y dones provienen de Dios y lo concreta en la realidad de la naturaleza: habla de los rayos del sol, de las fuentes y del agua, e invita a contemplar cómo Dios habita en las criaturas; en los elementos, dando ser; en las plantas, vegetando; en los animales, sensando, y en los seres humanos, dando entendimiento. Que toda la realidad se vuelva diáfana para nuestros sentidos, transparente como un cristal, para poder contemplar a Dios creando, redimiendo y comunicándose con nosotros en un encuentro sin trampa y sin orillas (cf. ee 234–237). Es decir, la experiencia de Dios nos capacita para contemplar a Dios en la creación, cuidarla y realizar el proyecto del Reino de Dios, teniendo muy en cuenta a los pobres y necesitados, quienes son los que más sufren las consecuencias del deterioro de la naturaleza.

Toda la Compañía de Jesús en el mundo, a través de la diversidad de sus trabajos, tiene siempre presente esta preocupación ecológica y ha elaborado orientaciones prioritarias universales en torno al cuidado de la casa común. En las distintas labores que realiza la Compañía se toma muy en cuenta este tema, no solo en el conocimiento de los problemas, sino también en actividades de trabajo de campo y en la atención a las consecuencias que padecen los más desprotegidos a causa de la invasión de sus territorios, de los desechos industriales o de la carencia de agua. Incluso, en ocasiones, estos trabajos pueden generar conflictos serios con gobiernos o con quienes provocan daños ambientales por distintos medios.

El problema del lago de Chapala y de su entorno podrá irse solucionando mediante la participación de todos, desde los distintos niveles de gobierno hasta los líderes de diversos colectivos y grupos, como pescadores, restauranteros, hoteleros, comerciantes y fraccionadores, además de todas las personas que habitan o visitan el lago y su ribera. Existen numerosos estudios y posibilidades técnicas para prevenir una crisis muy seria; sin embargo, poner en práctica estos lineamientos supone una verdadera conversión en el modo de pensar y actuar desde una ética humana y una auténtica responsabilidad social. En este proceso, la presencia del Dios de la vida actuando en la historia de los hombres y las mujeres, junto con la experiencia ignaciana, puede contribuir de manera importante, ya que la experiencia ignaciana mantiene una profunda cercanía con quienes asumen una auténtica responsabilidad social ante el cuidado del mundo y de la creación.

Ilustración: Mónica Gabriela Maroun Cortéz García