Michelle Natalie Raible Quiñones / periodista
La voz de la frontera: interculturalidad, identidad y creatividad en la conversación con Reyna Grande
La interculturalidad se ha convertido en un eje fundamental para comprender las dinámicas sociales contemporáneas, especialmente en contextos marcados por la migración y la movilidad humana. Más que la mera coexistencia de culturas, la interculturalidad implica diálogo, reconocimiento y negociación entre personas y comunidades que provienen de horizontes culturales distintos.
En este marco, la visita de Reyna Grande, escritora mexicana–estadounidense y autora de memorias sobre infancia migrante, compartió cómo, desde niña, se sintió “dividida” entre dos culturas: en México no era vista como completamente mexicana y en Estados Unidos como verdadera estadounidense. Esta tensión, lejos de resolverse, se transformó en una fuerza que le permitió conceptualizar la identidad desde la experiencia de quien camina entre mundos: “No quiero sentirme partida a la mitad. Mis experiencias no me han hecho menos: me han hecho más”, dijo.
Esta idea rompe con la visión de la identidad como algo estático o singular, proponiéndola, en cambio, como un proceso dinámico y en diálogo constante con múltiples realidades culturales.
Memoria, pobreza y reconocimiento del otro
Grande también reflexionó sobre cómo la experiencia de pobreza en su infancia ha conformado su sensibilidad hacia otros, subrayando que el reconocimiento de las desigualdades es parte del ejercicio intercultural. Más que un ingrediente de victimización, la pobreza narrativa se volvió un lente para observar la vida con gratitud y responsabilidad hacia los demás: “La pobreza me enseñó a agradecer. Lo que tengo ahora lo cuido, y me gusta compartirlo”.
Esta postura pone al sujeto migrante como agente ético, capaz de transformar adversidades en oportunidades de aprendizaje colectivo.
Narrativa del trauma y apertura al diálogo
En sus obras Grande nombra el trauma de frente, considera que dialogar acerca del sufrimiento es una forma de sanar y abrir espacios de entendimiento intercultural. Al hablar de salud mental sin tabúes en un contexto donde este tema es frecuentemente silenciado, su escritura busca crear puentes afectivos entre lector y narradora: “Yo abro mi corazón en mis libros para que otros puedan entrar en él. El dolor narrado invita al diálogo”. Pero también advierte sobre los riesgos de permanecer en la herida y promueve la inclusión de la alegría como parte de la narrativa de vida.
Frontera: herida, intercambio, creatividad
Reyna Grande evocó el concepto de frontera como “herida abierta”, una metáfora que describe tanto la violencia estructural como las potencialidades culturales que emergen en la intersección de mundos. A través de ejemplos vividos y leídos, explicó que la frontera no solo divide, sino que hace surgir formas de intercambio cultural únicas que desafían las categorías rígidas de identidad. Esta mirada invita a pensar la interculturalidad no como tolerancia pasiva, sino como un espacio de negociación simbólica y creativa.
Infancias migrantes como mediadoras culturales
Uno de los aspectos más significativos de la conversación fue cómo la autora describió a las infancias migrantes como voces privilegiadas para abrir el diálogo intercultural. Según ella, la mirada infantil —libre de prejuicios y resentimientos— permite una comprensión más inmediata y emotiva de procesos complejos: “Cuando la historia la cuenta un niño, el lector baja la guardia”.
Este argumento reafirma la importancia de incluir las experiencias de niñas y niños en las reflexiones socioculturales, especialmente aquellas que atraviesan fronteras.
Lenguaje, bilingüismo y sentido de pertenencia
Aunque escribe principalmente en inglés, Reyna enfatizó la importancia del español como matriz de su sensibilidad cultural. El bilingüismo no es solo una herramienta comunicativa, sino una forma de pensar y sentir que abre ventanas hacia formas diversas de percepción, reforzando la idea de que la interculturalidad habita también en el lenguaje que elegimos para nombrar nuestra experiencia.
La invitación de Reyna Grande a los jóvenes que sienten y piensan que viven bajo identidades fragmentadas fue clara y poética: la identidad no es una unidad cerrada, sino un ensamblaje de múltiples fragmentos que, como el arte japonés kintsugi, pueden ser reparados y celebrados. “No se trata de ocultar la ruptura, sino de celebrar la reconstrucción”, finalizó la autora.
Este giro provoca una reflexión profunda sobre cómo la interculturalidad, lejos de ser un puente entre mundos discretos, es un proceso inacabado de construcción colectiva de sentido.