Luis Antonio González Tule / coordinador de la Licenciatura en Gestión Pública del iteso

La extrema derecha: nacionalismos que amenazan la interculturalidad

El parlamentario conservador británico Ian Gilmour escribió en Inside Right: A Study of Conservatism (1977) que, aunque la derecha “no puede definirse con exactitud, es, como el elefante, fácilmente reconocible cuando se presenta”. A casi medio siglo de aquella afirmación algo similar puede sostenerse con respecto a la extrema derecha: resulta reconocible con relativa facilidad en liderazgos como los de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nayib Bukele, Javier Milei o José Antonio Kast, por mencionar algunos casos exitosos en el ámbito político−electoral americano. Sin embargo, en la opinión pública persiste una falta de claridad para comprender los rasgos y el alcance de un fenómeno cuya presencia es innegable y, más aún, que llegó para quedarse.

Los expertos en el tema coinciden en que la actual ola de extrema derecha, a diferencia de sus precedentes históricos —como el fascismo de la década de los treinta— constituye un fenómeno global progresivamente normalizado. Sus liderazgos, movimientos, organizaciones y partidos políticos se distinguen por gozar de legitimidad entre sectores de las élites, asumirse explícitamente como tales y competir por el poder a través de procesos electorales. Asimismo, estas extremas derechas —en plural, dado su carácter heterogéneo— recurren de manera sistemática a las nuevas tecnologías, redes sociodigitales y medios de comunicación, donde no solamente comunican sus ideas y promueven su agenda, sino que difunden mentiras, crean confusión y polarizan a la sociedad.

Entre sus rasgos más notables se encuentra su tendencia autoritaria, al imponer un orden social a través de la violencia y minar los mecanismos de control ciudadano e institucional. De igual manera, destaca su intolerancia frente a la alteridad, así como la defensa de una supuesta “integridad nacional”, construida a partir de mitos fundacionales e identitarios basados en la historia, la lengua y la religión compartidas. Para el politólogo Cas Mudde, se trata de una de las características esenciales de estos movimientos, que condiciona la interacción con la diversidad cultural, a la cual denomina “nativismo”, porque se asume que los Estados deben ser habitados exclusivamente por miembros del grupo “nativo”. Se trata de un nacionalismo excluyente definido bajo una lógica de “nosotros”, los auténticos, frente a “ellos”, los que se ubican por fuera de los márgenes establecidos. Dentro de esta cosmovisión estática se percibe como amenaza cualquier elemento “no nativo”, ya sean inmigrantes, pueblos indígenas, personas LGBT+ o ideas no compatibles.

Por añadidura, la extrema derecha entra en conflicto con la interculturalidad que reconoce la existencia de diversas realidades y dinámicas, así como las transformaciones dadas por el contacto con los otros. La agenda política con la que gobierna, más allá del discurso de odio en redes sociodigitales, deshumaniza y criminaliza al inmigrante, se opone a la equidad entre hombres y mujeres, elimina derechos de grupos minoritarios, discrimina a los pueblos originarios y anula cualquier posibilidad de diálogo, esencial para el reconocimiento de las diferencias. Las señales sobre los riesgos del avance de la extrema derecha son evidentes; la responsabilidad para limitar su alcance es competencia de una ciudadanía consciente y participativa.