Carlos Cordero / director de la Oficina de Internacionalización del iteso

Diversidad, refugio y cancelación


Hablar de diversidad nos remite forzosamente a pensar en los demás. La gran variedad de manifestaciones culturales, étnicas, políticas y religiosas confluye en un caleidoscopio casi infinito de manifestaciones identitarias. En un mundo habitado por más de ocho mil millones de personas es imposible que dos identidades individuales coincidan en su totalidad. La soledad de la diversidad es precisamente el eco común. En lo distinto somos iguales.

¿Qué de tu identidad se refleja en la mía? Es una primera pregunta que nos hacemos cuando interactuamos con personas de contextos culturales distintos al nuestro. El reflejo nos identifica, en él nos reconocemos. Por ejemplo, cuando conocemos a alguien de un lugar distinto a aquel en el que vivimos, tendemos a interesarnos por encontrar coincidencias que nos permitan conectar. Interpretaciones de la realidad que nos acercan a una interpretación cercana del porvenir. El asombro humano es la pulsión que encanta nuestras conciencias para fascinarnos y regocijarnos en la contemplación de esa pluralidad.

Ahora bien, en estos tiempos la velocidad de los cambios tecnológicos y sociales que experimenta la humanidad ha saturado el espacio para el surgimiento del asombro. La abrumadora producción de información, mercancías y experiencias que vivimos en estos momentos deja fuera cualquier posibilidad de encontrar un reflejo: un eco fidedigno, que destaque de la cacofonía infinita a la que nos exponeHamos a través de nuestros dispositivos electrónicos. En la retirada del asombro aparece la abrumación y al abrumarnos nos cerramos a la experiencia del otro. Es tanta la saturación de estímulos que nos cerramos al mundo.

Refugiarse en la tradición.

Un refugio es un lugar en el que nos sentimos seguros. Un refugio es un lugar en el que no es necesario tratar de entender qué sucede fuera de él. Un refugio es un lugar preparado para estar mucho tiempo, al menos el suficiente hasta que lo que sea que esté sucediendo fuera de él -finalmente lo que nos empujó a refugiarnos- termine. La seguridad del refugio está en ello, en poder sostenerse hasta que cambien las condiciones para poder salir de ahí. Y generalmente la seguridad la encontramos en condiciones certeras, condiciones constantes, que nos alojen y nos den certeza sobre la realidad.

La tradición es el mejor refugio para protegerse del cambio. En la tradición encontramos la continuidad de lo que conocemos, la confianza de la propia intuición: si ha funcionado antes, tiene que funcionar ahora y si no lo hace, el problema de lo que cambió, no de la eficiencia comprobada con la experiencia. En política, el pensamiento conservador emerge de esa premisa: hacer que las cosas no cambien porque tenemos probado que funcionan. Como el anhelo monárquico, pues la forma de gobierno monárquica sostuvo sociedades por más de diez siglos y aun hoy en día sigue al frente de algunas naciones. La primera y la segunda guerra mundial es uno de los momentos más destructivos de la historia moderna de la humanidad, y este conflicto en buena medida se desató por querer estirar ese refugio de seguridad que daban los imperios, frente a las propuestas ideológicas republicanas o socialistas.

En el siglo xxi la nostalgia por el pasado se populariza, se idealiza. Aparentemente en el pasado no había diversidad sexual, ni las mujeres tenían interés alguno en ejercer el derecho de su cuerpo. Tampoco había pueblos subnacionales pujando por el reconocimiento de su agencia transfronteriza. La velocidad de los cambios en el siglo xxi ha sido abrumadora para muchas personas. El caleidoscopio de identidades e intereses ha hecho aparecer la necesidad de un refugio. La tradición está ahí siempre para recibirnos, idealizar un pasado que no existió imaginando que el presente es consecuencia de una depravación o desvío. Pero también hay otro refugio que es el de la negación: cancelar la existencia del otro. Por muy enemigo o amenaza que este sea, cancelar al otro también es un refugio.

Hoy en día la diversidad cultural, étnica y política de América Latina —como del resto del mundo— enfrenta desafíos para seguir siendo ese llamado al asombro que nos cautiva. El avance de las agendas conservadoras que abogan por el retroceso de los derechos individuales y colectivos no es la única amenaza. La cultura de la cancelación, sobre la que se erigen verdugos virtuales que se creen poseedores legítimos de la censura, afecta igual al espacio del asombro. La diversidad está en juego porque el diálogo ha callado. Porque el interés en el otro y la otra se ha desdibujado. Porque vivimos abrumados, ya sea por el mar de estímulos audiovisuales que nos rodea, o por el ensimismamiento que nos da seguridad frente a la incertidumbre de nuestros tiempos.