Carlos Alberto Roque Pineda / Dirección de Información Académica del iteso
¿La ia nos hará más libres?
Hablar de la Inteligencia Artificial Generativa (iag) sin considerar las dinámicas de poder o del sistema económico y social en donde estamos insertos es ignorar un aspecto fundamental del tema. También es importante la perspectiva temporal: el Internet de hoy no es el mismo que el de 2020, antes de la pandemia, ni el de 2005, previo a la aparición de los smartphones. Tampoco se parece al Internet del año 2000, cuando aún no existía el Acta Patriota de George W. Bush, que permitió vigilar y monitorear nuestras actividades en línea en nombre de la seguridad.
La perspectiva temporal nos muestra cómo pasamos de un Internet visto como “supercarretera de la información” o herramienta de democratización y cambio social a un espacio hipervigilado y de control. Pasamos del anonimato y la privacidad a normalizar la cultura de “quien no tiene nada que esconder, no debe preocuparse de que lo vigilen”. Y hoy estamos ante una cultura digital que en su mayoría desprecia lo que no se presenta como novedad, espectáculo, gratificación o rapidez. Hay también cierto imperativo de narcisismo: se requiere que te exhibas, y si no lo haces, algo raro pasa contigo. Sin embargo, es fundamental darse cuenta de que la situación actual, incluyendo la “irrupción” de la iag, es en realidad una continuidad histórica.
Me remito a la historia, porque cuando hablamos de regular o “usar correctamente” algo como la ia, las redes sociales, Internet, etc., debemos preguntarnos si es posible una discusión seria y plural al respecto, y sobre todo si de verdad tenemos poder de decisión sobre estas tecnologías. Respecto a esto último, pienso que no tenemos mucho margen de maniobra. En las transformaciones previas del Internet, así como en las modificaciones de los términos y condiciones de las plataformas, es poco o casi nulo el poder de decisión que como usuarios hemos ejercido sobre su diseño. Con la iag —al menos aquella de mayor alcance—, parece que ocurrirá lo mismo que con las redes sociales, pues el modelo de negocio de Internet sigue basándose en la explotación de nuestros datos. Lo que vemos ahora es simplemente una expansión más de ese modelo.
Con la iag podría suceder algo similar a los intentos de popularizar modelos descentralizados de redes sociales (Mastodon, Diaspora, Bluesky), cuyo uso sigue limitado frente a plataformas masivas como Instagram, Facebook o X (antes Twitter). Han surgido alternativas para navegar con mayor privacidad en internet —Tor Browser, vpns, sistemas de encriptación o el Internet Relay Chat—, pero no siempre resultan accesibles. Así, muy probablemente presenciemos la aparición de nuevos modelos y capacidades de la iag, que terminarán coexistiendo en la periferia frente a los modelos desarrollados, impulsados o comprados por grandes empresas. Esto se explica en parte por el llamado “efecto de red”: algo funciona mejor cuando lo usan muchos, y no funciona mucho cuando lo usan pocos. También hay que mencionar que una práctica común de las empresas con muchos recursos es simplemente comprar a otras más pequeñas e innovadoras, lo cual favorece que controlen el desarrollo tecnológico.
¿Quién controla, pues, el desarrollo de la iag? Evidentemente, casi los mismos que dominan Internet y las plataformas en las que se desarrolla gran parte de nuestra cultura contemporánea. De entrada pensamos en Amazon, Microsoft, Meta (Facebook, Instagram, etc.), Alphabet (Google) y Apple, que ya no son lo que eran en un principio: hoy concentran una amplia diversidad de negocios, productos y subsidiarias. A ellas se suman otras como Intel, Nvidia, Oracle o cisco, que aportan lo que podríamos describir como “materias primas” e “infraestructura base”. También intervienen otras no tan conocidas; empresas gestoras de inversiones, como The Vanguard Group y BlackRock, y militares, como Palantir o Lockheed Martin. Si añadimos a esta lista sus relaciones con gobiernos y otras instituciones públicas, nos encontramos con un ecosistema que por sí solo daría material para varias tesis. La dinámica entre estas estructuras jurídicas, tecnológicas y financieras no es fácil de entender, pero la tendencia es clara: acumulación, concentración de recursos y diversificación de actividades. En ese sentido, Google dejó hace tiempo de ser solo un motor de búsqueda; Amazon es mucho más que un vendedor de libros, y la iag es apenas una de sus múltiples ramas de negocios.
¿Qué podemos hacer ante este escenario que parece tan complicado y con poco margen? Indudablemente hay más preguntas que respuestas, pero plantear nuevas preguntas también es avanzar. Paradójicamente, hay mucho que se puede hacer: no dejar de cuestionar, por ejemplo, qué tanto de lo que vemos sobre iag es propaganda, considerando los intereses detrás de ella y la enorme influencia cultural que ejerce; preguntarnos si es posible reformar las plataformas con su modelo actual de extracción, análisis —potenciado por la ia— y monetización de nuestros datos, tiempo, creatividad y deseos, o si habrá que construir otras; imaginar cómo se verían esos mismos algoritmos puestos al servicio de intereses sociales, como el fomento de la empatía, el respeto y el optimismo, en lugar de lo contrario. También cabe cuestionar si tenemos la posibilidad de ganar la batalla cultural a los dueños de las plataformas en las que socializamos, donde introducen sus propias ideologías o las de los gobiernos con los que quieren congraciarse. Basta recordar quiénes estuvieron en la segunda toma de protesta de Donald Trump, además de que el 53% de los centros de datos del mundo están en Estados Unidos, sin ningún otro país que concentre tal infraestructura. El que le sigue es Alemania, con apenas el 5.1%, de acuerdo con la página Statista.
¿Nos hará más libres la ia? Probablemente no, como tampoco lo han hecho otras tecnologías por sí mismas, pues se desarrollan e instrumentan en un contexto del cual no podemos extraernos. En ese panorama hay que preguntarse si somos libres o si podemos ser más libres. Mi respuesta es que sí, tenemos libertad. Muy limitada, pero existe. La experimentamos al menos en nuestra conciencia. Llevarla a los actos resulta más difícil porque se requieren condiciones adicionales si queremos ampliarla. Pero he ahí que, usando esa libertad y ante un escenario adverso, hay toda una reacción de activistas, organizaciones, profesores, padres, madres, terapeutas, y los que se agreguen, que han puesto en duda el futuro que prometen ciertos actores.
Definitivamente la ia llegó para quedarse, como la energía nuclear. En este sentido, al igual que otras luchas como la del software libre, los derechos civiles, los neuroderechos, entre otras, ya hay varios actores que proponen cómo hacerlo mejor, y quizás surjan movimientos de trabajadores desplazados o conflictos en torno al uso de agua por los centros de datos en comunidades con escasez. El destino no está escrito; las probabilidades de que se imponga el modelo dominante están ahí, pero también las oposiciones y resistencias. Ya veremos cómo coexistirán las visiones y acciones en el desenvolvimiento de la historia, de la cual somos partícipes, activa o pasivamente.
¿Quién controla el desarrollo de la iag? Casi los mismos que dominan Internet y las plataformas en las que se desarrolla gran parte de nuestra cultura contemporánea.

Ilustración: creada por ia (dall–e) a partir de un prompt de @mimi_._msgv