Ciencia a sorbos

Para qué sirve un museo de ciencia

 

 

Durante los siglos XVI y XVII, época de grandes exploraciones y descubrimientos, los cuartos de maravillas o gabinetes de curiosidades eran lugares donde se mostraban objetos que sus propietarios consideraban exóticos, raros o únicos. Provenientes tanto del mundo natural como de la creación humana, de estas llamadas Wunderkammer derivaron los actuales museos.

Cualquiera que haya sido la motivación que los creó —el poder que brinda la posibilidad de diferenciarse por la posesión de objetos irrepetibles o la auténtica curiosidad por conocer lo distinto o desconocido—, estos espacios pasaron de ser lugares cerrados, en donde los únicos observantes eran los dueños y su círculo cercano, a grandes infraestructuras que reciben millones de visitantes por año.

En la actualidad los museos de ciencia cumplen papeles necesarios para las sociedades; funcionan como espacios de esparcimiento y donde se busca hacer del conocimiento público temas relacionados con la ciencia y, en muchas ocasiones, como espacios de educación no formal.

En una sesión del Café Scientifique ITESO, espacio de divulgación de la ciencia, Silvia Singer, directora del Museo Interactivo de Economía en la Ciudad de México, preocupada por que estos espacios sigan teniendo vigencia, se pregunta cómo deben ser los museos de ciencia y qué papel tienen más allá de la conservación y la exhibición. Si bien han pasado de ser lugares de mera observación a espacios para “meter las manos” (hands on) y para involucrase emocionalmente (hearts on), pueden funcionar también como espacios que doten de un mayor poder para participar en la sociedad.

Es probable que muchos nos sintamos lejos de los museos de ciencia. En nuestro país no abundan y pareciera que son exclusivamente para niños. ¿Qué hay en ellos que pueda resultar de interés para todos?

Según Silvia Singer, “cuando la sociedad está separada del conocimiento científico estamos perdiendo posibilidades de entender nuestro entorno. No podemos entender los fenómenos, cómo funcionan las cosas, y por lo tanto las decisiones que tomamos están muy marcadas por los medios masivos de comunicación, por el mercadeo y por otras influencias que nos indican las maneras de proceder, de seleccionar cosas, momentos, actitudes e incluso valores”.

El conocimiento como una forma de entender y conocer el mundo, dice Singer, es una manera de “dotar a la sociedad de un poder de mejor decisión. En la medida en que entiendo el entorno puedo tener un pensamiento crítico y decidir qué es lo quiero hacer. Conocimiento es poder, y la divulgación de la ciencia lo que busca es hacer que este poder llegue a otras personas que no sean solo los científicos o las instituciones que resguardar lo que estos científicos producen”.

Si, como dice Singer, la divulgación de la ciencia tiene como función hacer que podamos acceder al conocimiento de una manera más democrática, me pregunto si no debiera de ser una demanda social como otras, en donde se alcanzaran amplios niveles de cobertura en la sociedad, que fuera accesible tanto geográfica como intelectualmente, y que estuviera vinculada con la vida cotidiana.

La charla de Silvia Singer en el Café Scientifique puede escucharse en cultura.iteso.mx/cafe_scientifique; en la que responde algunas de estas preguntas y a la inquietud de que a través de museos, charlas, libros o programas de televisión, en lo físico o lo virtual, sigamos teniendo acceso a las maravillas que la exploración del conocimiento de la naturaleza y de nosotros mismos nos sigue ofreciendo.